Thursday, December 08, 2005

 

Entrada


Este espacio pertenece a Manfred Von Totenkopf, Estudiante de Historia de la Universidad Finis Terrae. Miembro de la Fuerza Aérea Luftwaffe, Capitàn del Aire del Escuadrón JG 52.

Distinguido con la Cruz de Caballero con Hojas de Roble Espada y Diamantes.

Luego de ominosas adversidades logré subir a Internet mi Blog completo. El estallido de mi computador fue un gran obstáculo para poder llegar con nuestros BF-109 y Stukas a destino, aún así, logramos cumplir a tiempo nuestro objetivo y descargar nuestras bombas sobre las ciudades enemigas.

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El Cambio Económico en una Dictadura Desarrollista

El plan político y económico
El gremialismo quiso constituir, junto a los Chicago Boys, el principal grupo de poder de la dictadura. Tuvieron una visión política a largo plazo, que tuvo consecuencias en la orientación del régimen militar al que apoyaron. Una de sus mayores hazañas fue reunir una fuerza capaz de instituir un modelo jurídico y económico nuevo.

Jaime Guzmán estaba convencido de que los militares debían quedarse largo tiempo en el poder, para así consolidar un proyecto destinado a producir cambios en todos los ámbitos. Algún día el ejército debería regresar a sus cuarteles y ese vacío sería colmado pon un grupo civil, fortalecido con el correr de los años (ver post gremialismo), que harían la labor de continuar el programa político y económico de los militares.

Los Chicago Boys, dirigidos por Sergio de Castro y Miguel Kast en Odeplan, tomaron las riendas de la conducción económica con el objetivo de establecer un modelo económico capitalista. Los gremialistas, por su parte, asumieron como misión establecer la arquitectura jurídica de la democracia protegida. Cada uno preocupado en sus dos campos, pero compartiendo una estrategia común a largo plazo. Un gran número de economistas adherían fielmente al gremialismo, reclutados desde la Universidad Católica. Su cohesión, se podría llegar a decir, era más bien política.

Ahora bien, Odeplan se transformó en una agencia estatal que integró un amplio número de economistas de tendencias políticas y formación universitaria homogénea, haciendo concordantes sus labores en post de un proyecto de transformación. Dicho organismo se dedicaría no sólo a la evaluación de proyectos de inversión, sino que también a reclutar enorme cantidad de profesionales que fueron ubicados en importantes puestos de gobierno, acrecentando profundamente la influencia de mentes neoliberales en el régimen militar, dándole una gran fuerza política al movimiento.

Miguel Kast se configuró como la imagen motor de la institución, convirtiéndose en puente entre un proyecto económico y el anhelo político e institucional del gremialismo. Llegaría a ser director de Odeplan. De esta manera, los Odeplan Boys o Chicago boys, pudieron extender su influencia no sólo en el plano económico, sino también en los ministerios de gobierno.

Las funciones fundamentales de Odeplan fueron:

- Reclutamiento de personal profesional y formación política pro régimen.

- Constituir reformas económicas, privatización del sistema de pensiones y salud, y poner fin al estado empresario.

- Concienciar a la población en el modelo neoliberal con la aplicación de políticas para erradicar la extrema pobreza, contrastando con ello la imagen de concentración de riqueza en unos pocos que daba la continua privatización.

Existía una concordancia de ideas entre los militares y gremialistas (por lo menos antes de que Pinochet se alejara de ellos), sobre todo en lo que respectaba a la consolidación de reformas económicas de rendimiento para validar al régimen autoritario. De esta manera, la población aceptaría el status quo debido a los beneficios de estándar de vida que le entregarían las reformas económicas planteadas. Dicha lógica es el plan coherente de toda dictadura desarrollista. Sus victorias materiales se traducen en apoyo en las urnas.

De esta forma se consolidó un sistema que puso su fe en la empresa privada como motor de crecimiento, apoyo a la libertad económica, apertura de los mercados, se privilegió la eficacia y el lucro empresarial, todo ello en desmedro de un estatismo ya clásico en la tradición histórica de Chile. Sin duda, fue un hecho revolucionario.

Odeplan y Miguel Kast prepararon una elite que, en teoría, se haría cargo de la conducción del Estado en una fase posterior. Aportaron en el proceso de planificación económica y social, sus intervenciones en el mundo de las regiones y capacitación de funcionarios de públicos fueron elementales para proyectos de inversión financiados directa o indirectamente por el Estado. Buscó nuevas alternativas para el mercado de capitales, reformó las previsiones, aplicó la capitalización individual, estimuló proyectos de inversión etc. Fue la principal agencia de cooperación con los Ministros de Hacienda y Economía.

En conclusión, el equipo económico gremialista, trabajó a la par de un proyecto político, a favor de la apertura e inclusión de la economía nacional al engranaje económico mundial, a la inversión extranjera y al mercado internacional. Ellos, a partir de su acción en Odeplan, ejercieron enorme influjo para alcanzar la dirección económica de gobierno y debilitar en la conciencia y acción al Estado empresario. Su legado es la transformación de una mentalidad estatista, que se tenía en Chile desde el siglo XIX, a una neoliberal, cambiando las bases que la economía chilena había tenido desde el siglo XIX. El modelo liberal sirvió como un instrumento para efectuar una revolución económica nacional, sustento del aparato jurídico político de la democracia protegida, establecido nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad.
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Si anhela profundizar sus conocimientos con respecto a este tema le invitamos a leer un ensayo escrito por Carlos Huneeus Técnocratas y Políticos en un Régimen Autoritario.
Lo invitamos a leer este artículo de la BBC sobre La herencia de los Chicago boys

 

La Carta Fundamental de 1980

La Constitución del aire

Sería ridículo cuestionar el hecho sustancial que marca la vigencia de la constitución de 1980 el 11 de marzo de 1981. Dicho evento significó el sometimiento, por parte de la sociedad, a cada una de sus disposiciones. Aquella Carta es vestigio latente del rol que jugó una elite de derecha en este país, constituyendo con ella una especie de oligocracia en desmedro de la mayoría. Ahora bien, al analizar una constitución, no sólo importa su puesta en marcha, su vigencia, sino que también se nos hace ineludible el tema de su legitimidad.

Bajo el principio que reconoce a la soberanía popular como fuente del poder político, la legitimidad de una constitución nace a partir de su origen y contenidos. Por lo tanto, debemos vislumbrar si disfruta de legitimidad la autoridad que la ha propuesto y promulgado, luego si ha sido aceptada por la voluntad de la mayoría de la sociedad que rige. Con respecto al primer problema, lo ocurrido el once de septiembre de 1973 no deja muchas dudas acerca de la ilegitimidad de obtener el poder mediante la violencia de las armas. El 4° artículo de la vigente constitución invalida las insurrecciones de esa naturaleza. Aún así, la Constitución tiene el poder para exigir acatamiento, pero desde un punto de vista histórico y jurídico no tiene el derecho de exigir reconocimiento de legitimidad (1).

Con relación al segundo problema, es habitual la evocación en las aulas universitarias del famoso plebiscito de 1980, estableciéndolo como un sí legitimador del gobierno de Augusto Pinochet y su Constitución. Existen ciertos requisitos básicos que un evento cívico de tal envergadura debe cumplir. La ausencia de aquellos factores primordiales quitan toda capacidad legitimadora al particular plebiscito.

Sabemos que Chile vivía víctima de limitaciones al ejercicio de los derechos básicos, debido al estado de excepción impuesto por el gobierno. Contexto que resta validez a las votaciones populares, así lo sabe toda la comunidad internacional, así no se entendió en Chile. Otro de los puntos irrisorios tiene relación con el control del proceso en manos de autoridades administrativas militares, lo que significó que la custodia de las mesas receptoras en las comunas más populares estuviera bajo el control de personas que vivían en comunas donde se concentra la población de ingresos económicos más altos (¡es decir, los adherentes del gobierno!). Se negó el uso de medios de comunicación televisivos a los sectores de oposición, por lo tanto existió negación de la libertad de información. Aunque parezca novelesco, los escrutinios de la votación fueron exclusiva responsabilidad de personeros de gobierno, sin integrar a representantes de partidos, que no existían, o de la Nación (Comúnmente, se dice es soberana... ¿o no?). Otro de los aspectos es aquel que dicta relación con la inexistencia de registros electorales, lo que permitía sufragar varias veces a las personas que tenían la aceptación de los jefes de mesa (Votaban hasta los muertos). Con tales limitaciones al correcto y justo ejercicio de una instancia cívica tal, no se puede aceptar ningún tipo de legitimidad democrática (2).

Ahora bien, establecidas las problemáticas atingentes al origen de su legitimidad, es menester contemplar las que se refieren a su contenido. Intentaremos recalcar las que nos parecen más importantes.

Cabe destacar, entre ellas, la denodada exclusión que presenta el artículo número 8, declarando al marxismo inconstitucional y fuera de la ley, tanto a los partidos políticos que tengan fe en una concepción de la sociedad basada en una lucha de clases, como a quienes defiendan tales pensamientos (quinta parte de la población en aquellos años). En una democracia, el derecho persigue los actos, no las ideas. Ahora bien, la lucidez del redactor cae en contradicción clara con lo estipulado en artículo 19 sobre libertad de conciencia y de opinión y la defensa a cualquier transgresión de aquellos derechos esenciales de las personas en su artículo 5. En la llamada Transición, bajo el parapeto del artículo 23, un dirigente gremial no podía ser parte de ningún partido político. Es decir, elegir y defender sus propios proyectos de sociedad le era prohibido (3).

Cualquier adversidad legal que haga decrecer el poder de la voluntad de la mayoría dentro de los marcos de una organización democrática, atenta con distanciarse de los fustes esenciales de tal forma de gobierno. Aquellos que promovieron estas contradicciones, basadas en una desconfianza de la misma sociedad, concibieron como indispensable la existencia de un período de estas características, para entregar al país una democracia abierta y pluralista. Eso se esperó hasta 1990, donde se cayó en cuenta de que leyes permanentes de la carta fundamental no hacían efectiva la consecución de esa esperanza.

Si analizamos la cámara del Senado, durante el gobierno militar, un tercio de tal entidad se integraba por autoridades designadas lejos de cualquier ejercicio del sufragio universal, como se concibe en cualquier república democrática digna. El resto de los ilustres es elegido de a dos por cada región, sucediendo una anomalía que consiste en que el 25 por ciento de la población, perteneciente a siete regiones del país, tiene mayor representatividad y valor que el 75 que vive en las regiones más pobladas, anulando el poder político de la inmensa mayoría. El Senado, carece de representatividad. Un cuerpo que no se genera a partir del voto popular, no puede y no debe ejercer funciones legislativas (4).

A su vez, las fuerzas armadas (los altos mandos) y ministros de la Corte Suprema, también autoridades que se generan a sí mismas, forman el recientemente debilitado Consejo de Seguridad Nacional, órgano en nada representativo de la sociedad que tiene la facultad de anular cualquier petición del Presidente para cambiar la estructura previamente descrita. De esta forma, la constitución ampara a un pequeño grupo de autoridades militares y civiles, auto creadas, para anular la voluntad soberana de la Nación.
No sólo podemos concluir que la Carta Fundamental de 1980 adolece de los rasgos de una democracia real, sino que también construyó mecanismos que quitan la capacidad de intervenir a la sociedad en el gobierno. El pueblo designa autoridades, pero aquellas no pueden gobernar sin la aprobación de aquel aparato elitista. La transición, y la dictadura en general, significa la institucionalización de un modelo socio-político donde la derecha ejerce fuerte influencia, a su vez, constituye un modelo económico neoliberal que fue base primordial del sistema, tema que trataremos en un post exclusivo.
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(1) Centro de estudios políticos camilo Henriquez. Democracia y constitución de 1980. Ed. Pehuén. Stgo, Chile, 1987. p: 55, 56 ,57
(2) Ibídem. p: 63, 64
(3) Ibídem. p: 65 - 70
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Ingrese aquí y tenga acceso a la Contitución 1980 (Actualizada con las últimas reformas)
Los invitamos a leer el artículo de Samuel Valenzuela: La Constitución de 1980 y el inicio de la redemocratización en Chile.

 

Gremialismo: Principal Grupo de Poder del Régimen Militar

¿Cuál fue el rol de la derecha gremialista en el proceso de transición?
Aquella respuesta debe tener como ornamento principal la figura de Jaime Guzmán y su polémica y divisora constitución del ochenta. Ésta última, a la que dedicaremos un espacio especial en este blog, es un vestigio vivo de legados antidemocráticos, casi insoslayables para quienes conformaron parte de aplausos y bataholas en favor de sus planteamientos. Sea cual fuese el papel admitido, las palabras Transición y Democracia nos parecen distantes y ajenas; continuidad y cómplice silencio ante la injusticia y violaciones a los derechos del hombre nos parecen más propias. Por ello, una respuesta que implique la palabra Transición a la Democracia, pecaría de infantil ignominia.

Si bien no se puede comparar al movimiento gremialista con los típicos partidos establecidos como únicos por las dictaduras latinoamericanas y totalitarismos europeos, cumple una similar función de apoyo, propaganda y legitimación dentro del gobierno de Augusto Pinochet. Sabemos la desconfianza que despertaba en el General la clase política, cualquiera fuese su tendencia, pero tanto los militantes y dirigentes de dicha agrupación desempeñaron papeles importantes como principal grupo de poder en el régimen militar.

Dada la ausencia de fe en los partidos políticos, como instrumento de representatividad, la dictadura militar fortaleció la labor de la Dirección de Organizaciones Civiles, perteneciente al Ministerio Secretaría General de Gobierno, en la que la Secretaría Nacional de la Juventud, baluarte de los gremialistas afines a Jaime Guzmán, disfrutó de importante relevancia. De esta manera, el movimiento de gremio, cumplió algunas de las funciones de un partido único. Tuvieron presencia en el movimiento estudiantil de la Universidad Católica en 1970, bajo el liderazgo del mismo Guzmán. Luego del golpe de 1973, ocuparon puestos directivos en dicha universidad, ganando para sí enormes recursos institucionales dirigidos a la integración de un alto número de estudiantes y profesores en sus filas. A su vez, centraron sus esfuerzos de adoctrinamiento a través de la Secretaría General de la Juventud, en ODEPLAN y en las comunas a través de las municipalidades, extendiendo su red de poder hacia la población y en el posicionamiento de sus líderes en cargos de marcada exposición. En definitiva, su inteligente y efectivo despliegue, significó el reclutamiento de las elites y movilización de parte de la población, transformando la mentalidad de las futuras generaciones en base a sus principios y valores cívicos pro-gobiernos fuertes y poco representativos, en aras de una futura democracia (1).

El legado y rol del gremialismo es la constitución y la completa colaboración en la instauración y consolidación del autoritarismo castrense, transformándose así en el principal grupo de poder civil que apoyara al régimen militar. Aquella tendencia partidista los llevó a ocupar diversos roles en el sistema político. Caracterizados por una extrema lealtad a Augusto Pinochet, justificaron, abiertamente, cada una de sus políticas, desde la violación de los derechos humanos, producto del contexto de “guerra civil”, hasta las políticas económicas de los Chicago boys.

“no hay situaciones objetivas de guerra civil que no acarreen muy doloroso y graves hechos de violencia, de muertes y transgresiones a los derechos de las personas” (2)

Jaime Guzmán
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El Partido

En 1983, dicho movimiento se constituiría como partido político: Unión Demócrata Independiente (UDI), organizado por Jaime Guzmán, “católico ferviente”, anticomunista, crítico de la Iglesia chilena por su tendencia al cuestionamiento del autoritarismo y defensa de las violaciones a los derechos humanos. Devoto admirador de Francisco Franco y del modelo autoritario español. Fiel siervo del corporativismo, decepcionado de las democracias, escéptico ante la representatividad y el sufragio universal, miembro de FIDUCIA hasta 1965, parte del consejo político de la organización de extrema derecha Patria y Libertad (1970–1972). Fue un verdadero asesor civil del status quo, desempeñándose como Secretario General de Gobierno, asesor de propaganda y difusión política. Acérrimo colaboracionista de la Junta y – en especial – del general Pinochet, ideólogo del discurso y contenidos políticos del autoritarismo y forjador de la arquitectura institucional de una democracia protegida y personalista. Aquellos rasgos, como podemos vislumbrar, no auguran legados muy republicanos (3).

Tal búsqueda de legitimación del gobierno se quiso lograr a partir de la ocupación de cargos de hegemonía y profunda influencia. La SGG le entregó el control de los medios de comunicación y la posibilidad de movilización de los apoyos de la sociedad. A su vez, para penetrar en la ciudadanía, se crean la Dirección de Organizaciones Sociales, con secretarías de la Mujer, de la Juventud y de los Gremios. Con ello se anheló la integración de profesionales, universitarios y grupos de la empresa privada.

Otro punto clave de acción fue la Oficina de Planificación Nacional (ODEPLAN), preparando reformas económicas junto con los Chicago boys, liderados por Miguel Kast. A sí mismo, se encargaron de la gestión administrativa de los gobiernos regionales, detentados por los militares. Bajo la misma línea obtuvieron, debido al trabajo con los gobiernos locales, las alcaldías de las principales ciudades: Santiago, Valparaíso y Concepción.

El gremialismo se concentró en la política hacia la juventud. Contaron con la adherencia de estudiantes de la Universidad Católica. Gracias a la ayuda del contraalmirante Jorge Swett, a quién se deben la asignación de cargos directivos, se logró influenciar en las escuelas principales: Agronomía, Derecho, Economía e Ingeniería.

Hacia 1980 el gremialismo contaba con un alto número de simpatizantes en los medios de comunicación, funcionarios de gobierno y empresarios. Tal hecho se vio manifestado en la publicación de la revista Realidad. Durante cinco años difundió su pensamiento, formando unidad e identidad en el interior del grupo. La etapa de oro de dicha corriente se vislumbra con la llegada de Sergio Fernández como Ministro del Interior (1978-82), donde se fortalece su imagen de poderío civil.

En conclusión, todo el aparato desplegado para incentivar a jóvenes universitarios, hombres de empresa, profesionales y población, por medio de la presencia en las municipalidades, permitió tener una gran influencia y apego al gremialismo, sobre todo en los egresados de la Universidad Católica, que formarían parte de una elite empresarial e intelectual que creyó, dadas las convulsiones económicas y sociales del gobierno anterior, debían proteger la democracia y consolidarse como grupo, apoyando a los militares, para velar por el orden y estabilidad de una transición, que a nosotros, nos parece una quimera. Lograr la legitimidad del gobierno, fue una de las tareas fundamentales de estos grupos civiles, convirtiéndose en una fuerza política de importancia.
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(1) Huneeus, Carlos. El régimen de Pinochet. Ed. Sudamericana, Stgo, Chile. 2001. p: 351 - 360.
(2) Ibídem. p: 344.
(3) Ibídem. p: 329.
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Lo invitamos a leer el artículo: La Derecha en el Chile después de Pinochet. (Carlos Huneeus)

Sunday, December 04, 2005

 

La Figura de Sergio Onofre Jarpa


Abriendo espacios para opinión

Sería difícil definir el rol que jugó parte de la derecha en el período de transición sin referirnos a la figura de Sergio Onofre Jarpa. Su acción como Ministro del Interior, que comienza cuando el Estado Mayor presidencial había preparado un plan político de participación de civiles, coincide con la profunda crisis económica que afectó a la mayoría de la población y con las reiteradas protestas ciudadanas, movilizaciones inéditas en el régimen militar (1).

Ante tal ebullición social, le gobierno caía en cuenta que tal crisis económica motivaría la acción del sindicalismo y congregaría a los partidos de oposición, dándoles cohesión y fuerza. ¿Había una pérdida de confianza en el modelo económico y en la capacidad de los Chicago Boys para lograr la recuperación? El descontento casi general de la población, especialmente de los medianos y pequeños empresarios, quienes junto con los agricultores del sur del país, habían sido opositores de la
Unidad Popular, daba luces de que tal hecho fuese probable (2).

De esta manera, se impulsaron medidas que impidieran la continuidad de las manifestaciones de protesta y se considera viable y provechosa la recuperación de la iniciativa política por parte del gobierno; pasando a segundo plano – según Carlos Huneeus – los típicos métodos coercitivos hasta la fecha aplicados. ¿Se terminaría el receso político? Los que lo pensaron pecaron de cándidos, ya que el régimen no permitiría el resurgimiento de una oposición poderosa. Que el gobierno experimentara una apertura y una liberalización fue el objetivo del nuevo gabinete encabezado por Jarpa e integrado por figuras de proyección democrática como Hugo Gálvez y Modesto Collados, hombres de experiencia que ocuparon cargos ministeriales en los gobiernos de Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva, respectivamente (3).

Fue en este contexto donde el nuevo ministro del interior tuvo que recurrir a toda su experiencia, había sido embajador en Argentina, presidente del Partido Nacional y Senador por Santiago en 1973. Impulsó medidas de liberalización de honda influencia en la institucionalidad. Su presencia marcó el comienzo de una nueva etapa. Se permitió el regreso de dirigentes políticos exiliados, como Andrés Zaldívar (PDC) y Clodomiro Almeyda (PS). La censura de Prensa experimentó un inaudito aflojo, permitiendo nuevos semanarios y distribución de información crítica al gobierno y a Pinochet. Tema de no menor importancia, ya que un país más informado implica mayores movilizaciones. A su vez, crece el espacio para el desenvolvimiento de los partidos opositores. El receso político, por un momento, fue soltando sus amarras.

Sabemos que durante el régimen del General Pinochet la política fue silenciada, los cuerpos intermedios entre el Estado y la sociedad fueron disueltos o debilitados y las relaciones con una oposición amarrada se caracterizaron por ser confrontacionales. Al contrario de lo experimentado hasta entonces, el plan del ministro Jarpa integró la posibilidad del diálogo, un cambio en las relaciones con la oposición. Con ello ponía en comunión los anhelos de un grupo de la derecha que creía en una posibilidad más democrática y de respeto, aunque algunos lo recuerdan como responsable de la dura represión de los años de 1983 hasta el 85 y por el envío de numerosos detenidos a los centros de tortura de la DINA. Aún así, Carlos Huneeus le brinda un espacio en medio del diálogo con la Alianza Democrática y la Iglesia católica, por una ratificación de la fe en la institucionalidad y el regreso de la República (4).


A su vez se permitió a los Colegios Profesionales y Federaciones de estudiantes formar directivos y actuar libremente en la elección de sus miembros. En 1985 se impone en el colegio de Abogados la lista de Jaime castillo Velasco. Con el tiempo la oposición controlaría las directivas de los principales colegios profesionales de Chile. Junto con esto, los movimientos estudiantiles adquirieron nuevos bríos, recuperando protagonismo político. En 1985, se daría paso a elecciones tanto en la FECH, como en la FEUC, ésta última, sería ocupada por Tomás Jocelyn-Holt (DC), derrocando así al gremialismo. Sería un duro golpe para la hegemonía de este sector en la derecha, ya que detentaba el cargo desde 1968.

Todos estos hechos, sirven como vestigio para reconstruir un anhelo por liberalizar el paisaje político y social del régimen militar. Sergio Onofre Jarpa estuvo consciente de ello y fue uno de los objetivos perseguidos. Su nombre, toma verdadero protagonismo en lo que conocemos como proceso de “apertura”, necesaria para una oposición bastante encerrada en el silencio. Este fue el pensar de una facción de la derecha, que si bien votó por el Sí en la “consulta” de 1978 y en el plebiscito de 1980, se diferenciaban del gremialismo, enfatizando un perfil diferente al plantear posiciones de independencia del gobierno. Se alzaron como una semi-oposición, con escasas simpatías por los abanderados de Jaime Guzmán y la eterna estadía del general Pinochet. Ahora bien, comparando aquellos espacios brindados a la Alianza Democrática, con los espacios requeridos por los partidos políticos en una Democracia verdadera, parecen irrisorios y ridículos... pero bastaron para que las generaciones jóvenes trabajaran, ante climas adversos, por un Chile lejos de la opresión y la injusticia.
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(1) Aylwin, Patricio. "El reencuentro de los democratas. Del golpe al triunfo del no." Ed. B: Stgo, 1998. p: 10 -30.
(2) Huneeus, Carlos. "El régimen de Pinochet". Ed Sudamericana. Stgo, Chile, 2001. p: 513 - 518
(3) Ibídem. p: 520, 521.
(4) Ibídem.
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Le Invitamos a leer un artículo referente a Los Partidos Políticos Chilenos En La Perspectiva de la Transición y Consolidación Democrática. (Manuel Antonio Garretón)

 

Rompiendo la brecha de la Tradición


Un Golpe Inédito

Todos sabemos el proceso histórico en el que se embarcó Chile en los primeros años de la década de los setentas. El golpe militar significó el derrocamiento del gobierno constitucional de Salvador Allende, años de dura represión, acompasados por agudas crisis e inéditos auges de nuestra economía. Dicho fenómeno experimenta su término clásico, aunque aún dejan vestigio sus estertores en nuestro presente, en el plebiscito del cinco de octubre de 1988, instancia en que los chilenos, con el entusiasmo de una voz silenciada por años, dijeron que NO a la prolongación del autoritarismo ejercido por el general Augusto Pinochet.

La intervención militar en la política nacional significó una ruptura del tradicional apego a las instituciones democráticas, por mucho tiempo – como dijera el poeta Armando Uribe – “motivo de orgullo nacional”. Volver a rescatar su valor, fue uno de los tantos procesos que vivió el “alma” de nuestra sociedad. Lento y escabroso fue el andar y su camino, ya que algunos que despreciaron dichas instituciones, ahora en el exilio las extrañaban y volvían a depositarles su fe. Fue una senda compleja de trazar y de mantener, quizás fuera sólo una huella, pero una vía original, inaudita: una vía pacífica.

Nos es necesario hacer hincapié en que Chile, desde los orígenes de la República, desde sus primeras luces como nación independiente, fue un Estado con una particular abnegación institucional. La vigencia del derecho y la tendencia a no extremar los conflictos se transforma en una constante de nuestra Historia, a veces, por supuesto, con caídas, comúnmente dadas por las efervescencias típicas del dinamismo de una sociedad que se piensa a sí misma y se cuestiona, como en 1852 por ejemplo (el 48 chileno), cuando las generaciones jóvenes combatieron a sus predecesores y al autoritarismo presidencialista. Pero el siglo XIX tiene sus dinámicas propias, fraguadas en contextos históricos muy disímiles con los contemporáneos, donde las palabras de Patricio Aylwin (en su libro “El reencuentro de los demócratas, del golpe al triunfo del No”), al referirse al espíritu nacional marcado por un “amor a la libertad y rechazo a toda forma de opresión” no parecen encajar de afable forma. De todas maneras, sabemos a que se refiere al tratar de esbozar una especie de peculiaridad del pueblo chileno, o por lo menos de una elite, que se sustenta en un apego al ORDEN, una costumbre a la ESTABILIDAD.

Aquel duro pasaje que nuestra nación se vio obligada a enfrentar, dada la polarización ideológica experimentada a partir de la década de los sesentas, manifestó una abismante división. Tres proyectos integrales e incompatibles, liberal capitalista, socialista marxista y el demócrata cristianos, condujeron al país a formas radicales, por lo tanto a una crisis de gobernabilidad. El fraccionamiento de la población hizo dificultoso lograr representar a la mayoría de los chilenos y menos a encontrar fácil y homogéneo respaldo. Por una parte los que anhelaban la revolución para construir una sociedad más justa, vieron en la institucionalidad burguesa una traba para satisfacer los requerimientos del pueblo. Al otro lado de la brecha , los sectores conservadores de la sociedad chilena llegaron a pensar que, dada la ebullición social, la única manera de salvar la libertad era suprimirla por un tiempo, ya que tales manifestaciones drásticas de la mayoría, les parecían un abuso de la democracia.

Todos sabemos en qué concluyó tal paradoja, llena de pasiones y miradas intransigentes. Es conocido en qué terminaron las consignas “ni un paso atrás”, “negar al gobierno la sal y el agua”, “avanzar sin tranzar”. Tras la ruptura del diálogo, como instrumento constructivo de una sociedad, emergieron de los cuarteles soldados preparados para recibir los embates de enemigos foráneos. Salieron no para defender las fronteras amenazadas por invasores, sino que a la caza de un enemigo interno, cobijado en nuestras propias calles y barrios cívicos. Aquellos sucesos han sido más que revisados y han dejado su huella tanto en edificios agujereados, como en generaciones más viejas, aún polarizadas en su pensar, en sus actos y en sus decires. Sería impropio relataros aquí.

Será en un proceso llamado “La Transición” (1980-88), donde estos grupos – algunos diezmados por las matanzas y el exilio – se volvieron a encontrar bajo la sombra del Leviatán, reaparecieron para contribuir de diferente manera al proceso mencionado. Sobre uno de dichos sectores, la derecha, meditaremos en este espacio.

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